Iván y yo estábamos en el interior de un edificio donde había una puerta con cadenas y candados cerrados, pero entreabierta. Sugerí entrar y lo hicimos. Agachados nos escabullimos al otro lado asegurándonos de que nadie nos estuviese mirando. Al otro lado había un pequeño recibidor con el suelo de felpa color lila y unas paredes pintadas de un color parecido. Las puertas eran blancas, de oficina y, habían dos al frente, bastante separadas entre sí, y una más en la misma pared de la que habíamos salido.
La puerta que quedaba más al frente estaba entreabierta y veíamos gente trabajando en una oficina, especialmente secretarias. No podían vernos allí y una mujer se acercaba a la puerta para venir al pasillo, así que corrimos hasta la puerta de la izquierda, casi en el rincón y, entramos por ella.
Dentro había un proyector reflejando en la pared del frente un menú incomprensible de algún software, una camilla grande en el centro, varios artefactos y cables, una mesa con un ordenador a la derecha y, dos hombres jóvenes.
Nos miraron, pero no salimos. Incluso yo di varios pasos hacia donde estaba el hombre mas cercano: a la camilla. El otro estaba siempre sentado en el ordenador que parecía proyectar cosas.
El hombre me miraba y tenía una voz suave y dulce que me dijo que me necesitaba para algo.
Yo me tumbé en la cama boca abajo, con algo de miedo. El hombre se acercó y desde atrás me colocó un artilugio parecido a una corona conectada a varios cables en la cabeza.
Me dijo con su voz dulce y relajante que después de aquello debía sentirme mucho mejor.
Creo que Iván esperaba inmóvil desde la puerta, pero en ese momento no pensaba en nada más que en lo que me iban a hacer aquellos hombres. Yo estaba de rodillas en la camilla, mientras el hombre de voz suave ajustaba la corona en mi cabeza desde los pies de la cama.
En la pantalla aparecieron unos puntos, o esferas diminutas de color negro, situadas en una superficie de tejido palpitante.
"Es tu interior, ¿ves esas impurezas negras? Son todo lo malo: el estrés y cosas parecidas que retienes desde siempre. Con esto anularemos todo eso y te sentirás en paz contigo mismo y con el mundo."
Agarró una especie de tuvo conectado por cable que terminaba en punta y lo acercó desde atrás, pero dejé de mirar. Yo no tenía miedo. De repente comenzó a hacerme algo en mi espalda desnuda. Yo no sabía qué, pero no tenía miedo y las "esferitas" de la pantalla comenzaron a tornarse de colores rojo y azul. Ya no eran negras y mi cuerpo estaba totalmente relajado, en especial la espalda...
Entonces dijo que habíamos finalizado, pero que ahora necesitaba probar algo nuevo.
Yo estaba tan calmado y a gusto allí de rodillas que parecía que estuviese tumbado, dormido y en vigilia en una vez y no me negué a nada.
El hombre agarró una nueva herramienta y se acercó nuevamente desde atrás, subió al colchón desde los pies de la cama y se colocó de rodillas como yo, detrás mía. Yo no lo miraba, siempre miré al frente, pero sabía que él hacía todo aquello y, cuando quedó detrás mía acercó su boca a mi oreja y susurró unas palabras más dulces que cualquier nana...
Algo como: "Estás tan relajado... Esto es tan bueno... Te entran ganas de dejarte caer, de dormir... de estirar tu cuerpo, de cerrar tus ojos... ¿verdad? Venga, duerme... duerme..." mientras sus palabras acariciaban mi oreja desde cerca, sus manos masajeaban mis hombros.
Yo luchaba por no dormirme todavía, aunque sabía que lo terminaría haciendo tarde o temprano. Entonces volteé mi cabeza hacia él y le vi el rostro desde cerca, un rostro que ya no recuerdo, pero era joven y apuesto. Y yo le dije: "Piensas probar en mí un experimento que no habéis realizado nunca, ¿verdad? Algo que puede causarme tanto dolor que no podré soportarlo y por eso me estás durmiendo, para que no sienta el dolor... ¿es así, verdad?"
Él parecía sorprendido, pero continuó diciendo cosas como: "Venga, duerme... "
Y lo último que vi en la pantalla fue el color azul y algunas letras blancas y borrosas sobre él...
No tardé en despertar, creo que sólo di una cabezadita y me reincorporé en el camastro.
El hombre de voz suave seguía junto a mí y yo era consciente de que no me habían hecho nada mientras dormía.
"No has podido hacerlo" pensé.
"No he podido hacerlo" resonó en mi mente, su voz suave.
Al fin y al cabo era un hombre bueno... no se atrevió a realizar aquél nuevo experimento en mi y me dejó marchar.
El hombre del ordenador jamás dijo nada.
Iván seguía en la puerta y decía que ya le habían hecho el experimento de transformar las esferas negras en colores.
Así que salimos de allí y de la puerta de las cadenas para reunirnos con algunos de nuestros amigos.
Allí Iván y yo no dejábamos de hablar de lo a gusto que nos encontrábamos. Era como andar sobre la luna... No sentíamos el peso de las vibraciones negativas de este planeta. Eramos livianos, irradiábamos paz y serenidad y no podíamos dejar de sonreír.
Sentíamos el dolor y la frustración del corazón de nuestros amigos, pero no podíamos hacer nada por ellos... Sólo desear que aquel joven les realizara el mismo experimento.