Hoy, como cada mañana de cada fin de semana desde hace a penas un mes me desperté a las 6 de la mañana para salir a correr. Siento el flujo sereno que mana desde el cosmos y desde el centro de la tierra a esa hora tan mágica, poco antes del amanecer.
A esa hora la calle está sometido a un sordo silencio y decorada por las luces anaranjadas de las farolas de ciudad. Llegué al portal de la casa de un amigo que hoy también venía a correr y no contestó al timbre, así que esperé sintiendo el rocío y el frío de la mañana.
Me había percatado que en la acera de enfrente había un coche aparcado y con las ventanillas bajadas que resguardaba a gente dentro. Eran dos personas: un hombre y una mujer. "Una pareja", supuse.
Tras echar un vistazo mientras esperaba la contestación de mi amigo, me volteé para timbrarle de nuevo y lo contestó su madre con voz de sueño. Me sentí culpable al despertarla, pero mi amigo había sido el que había dicho el día anterior que tocara al timbre sin miedo. Ella me dijo que me lo pasaría enseguida. En ese lapso de tiempo, yo estaba ocultado tras un pilar ante la pareja del coche y, pude escuchar como su conversación se elevaba de tono hasta terminar en una fuerte discusión.
Nada raro hasta aquí, hasta que veo que la mujer abre la puerta del coche y sale, entonces, rápidamente, por la otra puerta sale el hombre, ella empieza a correr dando vueltas al coche, él la persigue. La escena era incluso cómica al principio, se me pasó por la cabeza que jugueteaban a gatos y ratones, pero había algo... que me hizo permanecer entre las sombras como espectador. Algo acontecía, mi sexto sentido para las cosas malas me lo gritaba.
Efectivamente, el hombre comenzó a amenazar a la mujer con que se metiera en el coche de una puta vez o sería peor. Y lo malo -o bueno- es que ella lo obedeció y rápidamente se subió en su asiento.
Él entró al coche y cerró las puertas con pestillo, pero las ventanillas seguían bajadas. Él le abofeteó fuertemente, la mujer lloraba del terror, estaba encerrada.
Sentí su terror y su desesperación, pero a la vez sabía que si había optado por entrar es porque una parte de ella amaba, de una u otra forma a aquél individuo. Comprendí eso y muchas cosas más.
Finalmente mi amigo habló por el telefonillo y le advertí en voz susurrante que me abriera la puerta del portal y que bajase inmediatamente con cautela.
Ahora sólo tenía que esperar que mi amigo bajara, aún podía contemplar como se desarrollaba aquella tortura, que claramente clasifiqué como violencia de género.
Agarré mi teléfono móvil, recuerdo que miré mis manos, mis dedos debían estar temblando, pero estaba firme y estaba seguro de que debía hacerlo. Quería llamar al número contra la violencia de género que había visto en una imagen de mi libro de Formación y Orientación Laboral, pero no lo recordaba. Me cabreé con mi mismo por haberlo olvidado, recordaba la primera y la última cifra, o tal vez eran al revés, aún así, había olvidado la del medio y me vino a la cabeza la duda de que si ese teléfono serviría para terceros o únicamente para la víctima.
Mientras pensaba en una solución contemplé el panorama, esta vez desde dentro del portal, desde la más absoluta oscuridad.
El fuerte brazo del hombre golpeaba reiteradas veces la débil cabeza de su indefensa y débil muñeca. Era delgada, tenía una melena corta, lisa y negra y su cuello bailaba al son de sus cabellos en aquella tortura desenfrenada. Todo envuelto en gritos de horror, que él intentó ahogar.
Supe que debía hacer algo rápido y miré mi teléfono móvil nuevamente, mis manos seguían firmes.
Me propuse que haría algo. Pensé incluso en ir al coche y preguntar gritando que qué ocurría y, azotar a aquél capullo y dejarla libre. Pero mi exuberante raciocinio me mostró una escena en la que ella lo defendía, otra en la que él me vencía, otra en la que no me atrevía... Entonces se me ocurrió algo.
¡Policía! Claro, era la solución... Aunque yo esté en su contra y sepa que la justicia policial nunca ha sido tan moral y justa como debería ser, supe que ellos podrían sacar aquella mujer de esta.
Sé que suena ridículo, pero no recordaba el número de la policía y me insulté a mi mismo, ya que cuando era un niño de cinco años marqué el número de la policía por error y recuerdo que mi madre me abofeteó y castigó durante una semana por hacer aquello. Quizás aquella disciplina había borrado de mi memoria aquel número de teléfono.
En ese momento se abrió el ascensor y salió mi amigo, al fin. Le expliqué todo de la manera más rápida posible, le dije que no encendiera las luces y que permaneciera sin salir del portal, con la puerta entreabriera (yo estaba sosteniéndola con mi mano para que no se cerrara del todo). Le pregunté si sabía el número de la policía y cuando me dijo que no se lo reproché al igual que me lo había reprochado yo.
Aún así, me propuso salir como si nada y correr fuera de la ciudad mientras intentaba recordar el número, que decía que tenía en la punta de la lengua.
Así hicimos, salimos y obviamente dejaron la pelea y permanecieron en silencio, incluso creo recordar que apagaron las luces del techo del automóvil para pasar desapercibidos.
Nos alejamos y entre los dos obtuvimos reminiscencias del número de la policía. Marqué rápidamente y una mujer me contestó, le conté todo lo que he escrito, incluyendo la localización exacta del hecho y me dijo que pronto mandaría una patrulla y emergencias, me lo agradeció, y yo a ella también.
Entonces, me sentí el hombre más orgulloso por lo que había hecho. A pesar de no haber podido hacer nada con mis propias manos...
Sé que suena ridículo, pero no recordaba el número de la policía y me insulté a mi mismo, ya que cuando era un niño de cinco años marqué el número de la policía por error y recuerdo que mi madre me abofeteó y castigó durante una semana por hacer aquello. Quizás aquella disciplina había borrado de mi memoria aquel número de teléfono.
En ese momento se abrió el ascensor y salió mi amigo, al fin. Le expliqué todo de la manera más rápida posible, le dije que no encendiera las luces y que permaneciera sin salir del portal, con la puerta entreabriera (yo estaba sosteniéndola con mi mano para que no se cerrara del todo). Le pregunté si sabía el número de la policía y cuando me dijo que no se lo reproché al igual que me lo había reprochado yo.
Aún así, me propuso salir como si nada y correr fuera de la ciudad mientras intentaba recordar el número, que decía que tenía en la punta de la lengua.
Así hicimos, salimos y obviamente dejaron la pelea y permanecieron en silencio, incluso creo recordar que apagaron las luces del techo del automóvil para pasar desapercibidos.
Nos alejamos y entre los dos obtuvimos reminiscencias del número de la policía. Marqué rápidamente y una mujer me contestó, le conté todo lo que he escrito, incluyendo la localización exacta del hecho y me dijo que pronto mandaría una patrulla y emergencias, me lo agradeció, y yo a ella también.
Entonces, me sentí el hombre más orgulloso por lo que había hecho. A pesar de no haber podido hacer nada con mis propias manos...