martes, 30 de agosto de 2011

Bibliografía I: La Existencia de la Muerte

Nunca olvidaré el día en el que aprendí que existía ese fatídico instante en el que el cuerpo exhala toda señal de vida.
No era más que un niño de cuatro años, cuando mi abuelo me dijo sentado, mientras miraba a través de la ventana de su dormitorio, que todos moríamos. Yo abrí los ojos sorprendido y traté de mantener la calma. Se apoderó de mi el primer y original hasta entonces terror, que se intensificó en mi interior. Recuerdo que mi abuelo seguía mirando tranquilamente a través de la ventana como si lo que acababa de decir fuera lo más normal del mundo y yo lo escuchaba mirándole las espaldas.
"Unos antes, otros después, pero todos acabamos en el mismo sitio: enterrados." -me dijo eso y muchas otras cosas más, horribles cosas. Había oído hablar de la muerte antes, quizás de mis padres o allegados, tenía de ella un concepto tenebroso y malvado, nada más. Así que en ese momento en mí se crearon tantas preguntas que podía haber estado todo el día interrogando a mi abuelo, pero no lo hice, mi personalidad retraída y mi orgullo a la hora de preferir averiguar las cosas por mi mismo me impidieron abrir la boca. Con todo, me interrogué a mi mismo como solía hacer, mentalmente, mientras mi abuelo mantenía la mirada perdida en la calle, apoyado al respaldo de la silla con sus manos e inclinado así hacia delante.
"Si todos sabemos que moriremos... ¿por qué nacemos? ¿por qué vivir sabiendo cuál es el destino? Si todo acaba igual..." -al saber aquello pasé a ser el niño más infeliz del mundo.
Con una mueca de angustia me alejé de mi abuelo, mientras él continuaba intentando describirme a su manera lo que era la muerte, una descripción peliaguda y nada delicada.
Marché a casa con la idea de que iba a morir, tenía la imagen de un cuerpo podrido en mi cabeza, y pensar que aquello sería yo algún día me hacía estremecer. 
Aquella noche no pude dormir y, como hasta día de hoy me ocurre no le conté aquella preocupación a nadie, ni a mis padres. Tan sólo sabía que todos moriríamos, y que mis padres y hermanas también lo harían. Era preocupante vivir así, no tenía sentido. Mis ilusiones de la vida se derribaron aquél mismo día.
¿Por qué saber el final? No es justo...
La noche era oscura y no servía más que para intensificar mis interrogantes y mi tormento acerca de mi fatídico e inevitable destino.
¿Y si no ocurriese con todos? ¿Y si yo nunca muera? -llegué a preguntarme dando vueltas de un lado para otro en mi cama mueble, ya que por aquel entonces mi familia vivía en una casa pequeña y no tenía habitación propia.
El sueño llegó tarde y cargado de angustia, creo recordar que llamé a mi madre para que me diera agua en algún momento antes del amanecer.
Al día siguiente me llevaron al colegio, mis compañeros estaban tan felices como siempre, reían y jugueteaban y supe que ellos no debían saber aquello. No debían saber acerca de la existencia de algo tan macabro como es la propia muerte. Entonces recuerdo que le pregunté a uno de mis compañeros de mesa -actualmente un padre drogadicto- si sabía que todos moríamos aunque no nos ocurriera nada malo, que dejábamos de vivir y que nos enterraban.
Y me sorprendió cuando me dijo que sí, que lo sabía de hace tiempo y que si acababa de enterarme de algo así...
Me sorprendí casi del mismo modo que cuando mi abuelo me habló de aquello el día anterior.
Mire a todos mis compañeros retrocediendo, alejándome, acercándome a un rincón de la clase. 
El compañero al que se lo pregunté correteó y se unió a los otros niños y los contemplé desde afuera.
"¿Todos ellos lo saben y continúan como si nada? ¿Cómo pueden hacerlo? ¿Acaso no entienden como yo el significado de morir?" -me pregunté.
Y así, me transformé en un niño distante hacia los demás, metido en mi mismo y sufriendo aquellas pesadillas donde me veía muerto a mí mismo, como en aquellas películas de terror que solía ver mi familia por televisión. Sabiendo que la muerte estaba al final, esperándome.
Con el paso de varios años más superé en cierto modo el temor, pero continuaban muchas preguntas, resonando en mi como un eco abrumador que nunca cesa.
Me aficioné a ver películas de terror y leer libros donde estaba presente la muerte, intentando estudiarla.
Cada vez estaba más seguro de que yo también moriría, pero una parte de mi se negaba, quería ser eterna.
Me adentré en el esoterismo a una edad temprana, con apenas ocho años gastaba los ahorros que me daban mis abuelos en comprar libros de parapsicología y espiritismo. Quería encontrar una respuesta y la religión -cosa que mi madre me obligaba a practicar- no me daba aquella respuesta que yo buscaba.
Muchos libros no los entendía del todo, pero me gustaba entender algunos párrafos y contemplar fotografías de ectoplasmas. Era alucinante aquello que todos ignoran mientras hacen una vida feliz.
Me sentía privilegiado al acceder a aquél tipo de información. Pero yo quería saber más, quería saber si la muerte no era lo que mi abuelo me había dicho años atrás. Quería confirmar que la muerte no era el cese de la existencia, sino un cambio de mundo, una especie de metamorfosis. 
Esa nueva idea aprendida en varios libros me esperanzaba y me agradaba hasta tal punto, que en varios de mis ataques de soledad y tristeza miré a través de la ventana de mi nuevo cuarto con la idea de dejarme caer. Era tan sólo un segundo piso, pero estaba seguro que si caía con la cabeza se produciría aquél proceso. La Muerte.
Me sentía impotente ante el abismo.
Esperanzas de una vida mejor me esperaban ahí abajo. Mis lágrimas caían al vacío mientras miraba el terrazo que podía ayudarme a sucumbir mis penas y mi angustia, así como responder todas mis preguntas.
Pero no lo  hice ninguna de las veces y eso me frustro más. Me hizo sentir un niño cobarde. No era capaz de hacerlo.
Pero aún no pudiendo matarme a consciencia así perdí el miedo a morir por otras causas.
Ingerí un bote de jarabe entero sin miedo a nada, sólo con la idea de disfrutar de su sabor, aunque desgraciada o afortunadamente mi madre me llevó al hospital para que me realizaran un lavado de estómago.
Y así, la presencia de la muerte, fue manifestándose ante mi de diversas formas, sobretodo en vecinos y allegados, anunciándome su existencia, exigiéndome que continuara buscando el por qué de ella.
Tras tomar mi primera comunión por exigencia de mi famila, mis conocimientos y apetito por aprender de la muerte me llevó a experimentar con éxito mi primer ejercicio de espiritismo: la escritura automática. Esto consiste en agarrar un papel y lapiz y relajarse hasta que una entidad toma posesión de los nervios de nuestro brazo y comenzamos a escribir mensajes del otro lado del umbral.
Ana Rodríguez. Así se llamaba ella y según lo que me contaba había perdido la vida en un accidente aéreo un siglo atrás.
Curiosamente, ella se transformó en mi aliada muerta, nos mantuvimos en contacto mediante el papel y carbón por unos meses. Casi todos los días nos escribíamos e incluso un día lo hice en clase y le pedí que hiciera muestra de su existencia real en este plano, en el físico. Ella respondió a varias de mis peticiones, entre ellas que se fuera la luz de todo el colegio durante unos minutos.
Ana era sorprendente, hasta que se marchó.
Ninguna otra entidad quiso ayudarme ni quedarse despues de ella y abandoné el espiritismo recordando que tenía que saber qué es exáctamente la muerte.
Así continué mis lecturas en búsqueda de la verdad.
Me sentía aislado de todos los que me rodeaban y aunque estubiese con gente siempre me sentía solo, vacío.
Sin propósito en esta vida.
Pero... ahora sé que este es mi propósito, y no moriré hasta que lo averigue. Porque la muerte la controlamos nosotros, la muerte la producimos entre todos, las personas.
No existe la muerte natural.
Ahora lo sé.
No moriré.
No, hasta que yo no quiera y, cuando eso sea ya sabré todas las respuestas que siempre he estado buscando.
No moriré.

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