domingo, 16 de octubre de 2011

En la fábrica de extranjis

Yo era el líder de un grupo de trabajo, todos me obedecían pero yo era bastante modesto y siempre estaba callado, así que cuando quería dar una orden se lo decía a mi subordinado (creo que era un joven negro), y éste se lo comunicaba al resto. Así que creo que pocos trabajadores sabían que yo era el que realmente mandaba allí.
Estábamos en una fabrica y era por la noche. Pero no una fabrica propia, sino una a la que habíamos entrado de extranjis al caer la noche. Ahí podíamos avanzar con mi plan, mi plan era la creación de algo que había inventado-diseñado yo, y todos los trabajadores se dejarían la piel hasta ver aquella cosa finalizada.
Entre todos seríamos casi cuarenta.
La fábrica consistía en una persiana exterior (cuya cerradura había sido forzada por uno de mis hombres) que daba a un pasillo amplio y sucio, pero bien iluminado por unos tubos fluorescentes. A la izquierda habían dos puertas y al frente otra doble.
La sala de la segunda puerta de la izquierda era la que estaba mayormente llena de trabajadores que debatían en grupos como avanzar con sus tareas, allí estaba mi subordinado, el sub-jefe. Y yo estaba en la puerta del fondo, donde no habían más de diez trabajadores. Aquella sala era extraña: era rectangular y la pared de enfrente era un escaparate a una óptica que estaba cerrado con una persiana re rejilla. Era como una pasarela de la fábrica hasta el comercio de la óptica, lo que daba una idea vaga de qué sería aquella fábrica durante el día, cando estaba ocupada por sus verdaderos trabajadores.
Yo estaba nervioso y no trabajaba. Simplemente observaba yendo de una sala a la otra para ver como llevaban todos el trabajo. Temía que nos encontrasen trabajando en una empresa que no era nuestra.
Miré el reloj, llevábamos trabajando unas horas y pronto amanecería. Sabía que pronto vendrían los trabajadores reales de la mañana, así que fui a la sala donde trabajaba la inmensa mayoría y me dirijí al hombre negro que no paraba de indicarles órdenes a gritos. Le susurré en la oreja que debíamos abandonar la fabrica pronto, que por hoy ya estaba bien. El hombre negro les ordenó lo que yo le dije y todos se pusieron en fila india doble y salieron al pasillo. Uno de los hombres levantó la persiana y los rallos del sol inundaron la fábrica.
Ya era de día y la fábrica daba a una Gran Vía del centro de la ciudad. Todo estaba lleno de coches y taxis que iban de aquí para allá, y personas con bolsas de la compra.
Tragué saliva. ¿Cómo se nos podía haber hecho tan tarde? ¡Podían pillarnos!
Entonces vi un coche de policía a lo lejos, parado al otro lado de la calle. Yo avancé y salí de la fabrica entre todos mis trabajadores, ellos se esparcieron al salir y yo me alejé de ellos a paso ligero, como si no tuviese nada que ver. Vi otra patrulla de policía, presumía que estaba perdido, que alguien debió avisar que la fabrica estaba ocupada por un grupo de delincuentes.
Corrí por el medio de la carretera, a mis lados se quedaban atrás coches de policía aparcados, pero ningun policía alcanzó a verme.
Había huido... hasta la próxima mañana.

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