sábado, 3 de diciembre de 2011

Sueño post-apocalíptico

Últimamente mis sueños toman solidez y constancia, pero sobre todo, me persiguen de uno en uno, muy seguidos y continuos, como sin pausa, no permitiéndome dormir en paz sin más.
Ayer, sin ir más lejos, los sueños parecieron atravesar la barrera que separa mi subconsciente de mi consciente. Al despertar, boca arriba, advertí una forma patuda, como una esbelta y pomposa araña de patas largas y enredadas, caminando a un par de metros sobre mi cabeza. Sus patas producían unas sombras danzantes, como enredaderas al viento, que se alargaban a causa de la luz de la mañana que entraba por las rendijas de la persiana. Mi primera reacción fue abrir los ojos como platos y reincorporándose, sentándome casi sobre la almohada para ver aquél ser de más cerca. Advertí que mi vista estaba todavía borrosa y froté mis párpados arrancando una legaña seca para volver a abrir mis ojos y confirmar que la araña seguía sobre mí. Agitaba las patas sin moverse del sitio, como si tejiera un hilo para descender hasta mi rostro.
Pero aquella segunda vez ya no sentía miedo, sino admiración. Es que era una forma bella... una hija de la naturaleza armoniosa, danzante y artística. Sus patas trabajaban en un juego de sombras, ella en sí era otra sombra más oscura, casi negra, sus patas se hacían finas, casi como hilos de lana negros y curvos. Hasta que se hicieron tan finas que fue absorbida por el mismo techo.
Me dejó una sensación extraña... y sabiendo la serie de sueños que había tenido momentos antes, durante la noche, supe que podría haberse tratado de un mensajero de los sueños, que venía a decirme que no los olvidara, que eran importantes, y aunque no los cuente en este diario, contaré uno de los que tuve hoy, bastante impactante emocionalmente.

El Sueño
El mundo había llorado demasiado y ahora permanecía casi en silencio, excepto por el sonido del viento agitando las ramas de los olivos que rodeaban mi casa. Vivía en una casa aislada, en olivar de una montaña cualquiera, probablemente andaluza. Supe que era la hora de la siesta por la posición alta del sol, aunque su luz iluminaba las cosas de una tonalidad grisácea y sin más colores que el verde gris de los olivos. Estaba en un porche observando el jardín y los olivos, sintiendo mi soledad, cuando una niña pequeña me llamó, aunque creo recordar que no fue no por mi nombre, me dijo "señor" o algo parecido. La miré desde muy arriba, aprecié en su rostro que tenía síndrome de down, los ojos humedecidos de haber llorado y quería pedirme ayuda. Le pregunté que qué ocurría, aunque al ver su cuerpo casi desnudo, supe de que debía estar muriéndose de frío.
Tengo mucho frío. -dijo y entonces confirmé mi presunción.
Fui yo quien había dado cobijo a la niña en mi propia casa, al verme solo durante tanto tiempo... Ya que todos con los que había vivido en la casa desde que ocurrió la catástrofe en el mundo me habían dejado, muriendo.
Aquella niña aun me había dado esperanzas, aunque también tristeza.
Le dije que me siguiera y la llevé a un olivo que había detrás de la casa, el olivo estaba lleno de ropa tendida, ropa de mi madre,de mi abuela, de hombres a los que no conocía y ropa mía... Esquivé la ropa ajena con nostalgia, percibiendo el olor a limpieza, agitándose por la brisa en el aire.
La niña entró conmigo al gran olivo.
Entonces encontré una camiseta que era mía, de color verde y tendida boca abajo con una sola pinza. La alcance -estaba bien alta- y se la entregué a la niñita diciéndole que se la pusiera antes de que se muriera de frío, que aquella prenda había sido mía.
La niña se fue corriendo y entró a uno de los baños o casetas de uralita que había en el jardín.
Yo entré al de al lado y me miré al espejo. Vi mi rostros y era yo, pero no como en la realidad, sino más mayor, de rasgos más maduros.
Sentí nostalgia y ganas de llorar, de entregarme a la muerte.
"Todos me han dejado... ya sólo queda esta pobre niña que ni entiende de razones..." pensé ante mi reflejo y quise llorar, pero no me salían lágrimas.
Sentía la soledad, ahora más disfrazada que nunca, encarnada en aquella niña.

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