martes, 22 de febrero de 2011

Catedrales en el Aire

Paseaba entre muros de piedras geológicas muy antiguas, suntuosos muros que se alzaban hasta perderse en las alturas.  Me hallaba en lo alto de una extensa azotea, eso lo sabía sin necesidad de asomarme al borde, podía sentir la altura y ver una barandilla en el horizonte. Debía estar sobre un edificio tan extenso donde cabían decenas de catedrales de estilo gótico, todas ellas valladas por barrotes metálicos y lo suficientemente altos para que no se pudiera trepar. Sin embargo las puertas de las vallas de cada catedral estaban abiertas, invitándonos a penetrar en sus milenarias bocas a Iván y a mí. 
A causa de la altura había mucho viento. Iván odia el viento. 
Nuestros cabellos largos se despeinaban hacia atrás ondeando y ondeando y nos cubrían imperfectamente los rostros. Nos encorvábamos hacia adelante haciendo frente al viento como valientes soldados, tratando de cubrirnos la mirada de la próxima ráfaga de balas, vanamente.
Pasamos por una catedral terminada en picos bastante semejante a La Sagrada Familia de Barcelona, construida del mismo material pero una vez menos extensa. 
Lo que me llamó la atención de dicha catedral fue la pintura que había trazada en una de sus placas de piedra, junto a la entrada. Era una pintura alargada y estrecha, la silueta del borde no era totalmente rectangular, sino que los bordes no habían sido terminados y se apreciaban las pinceladas sobre la piedra. Supongo que la pintura era una vaga fotografía de la obra titulada "Saturno devorando a su hijo" que había grabada en mi mente, pero algo deformada, el hombre caníbal que aparecía en la catedral tenía los cabellos negros y una cara aún más horrorizada mientras devoraba un cuerpo no tan pequeño, bien formado y de su mismo tono de piel.
"¿Has entrado a esta?": le pregunté a Iván con una mueca de incertidumbre. Iván me respondió negativamente y decidimos entrar a la catedral del grabado caníbal.
Al encontrarnos dentro, ya no habían puertas hacia el exterior o éstas se habían cerrado instantáneamente sin emitir ni un sólo chirrido a pesar de su descomunal tamaño. Pero a Iván y a mí no nos preocupaba otra cosa que continuar caminando catedral adentro. El interior no era el de una antigua construcción gótica, sino un pasillo bastante más moderno, de techo alto y una considerable oscuridad, aunque estaba iluminado por una tenue luz verde proveniente de algún lugar parecido a un LED que nos mostraba cosas como grandes rollos de tela vieja reposando contra la pared, marañas de cables cortados por el suelo, polvo por doquier y focos rotos entorpeciéndonos cada paso en nuestra ruta.
Del recodo oscuro que había más adelante salieron dos personas.  Ambas caminaron en dirección opuesta a la nuestra y miramos sus rostros hasta que se quedaron atrás de nosotros. Estaban horrorizados, con unos ojos bien abiertos y una boca desencajada a causa del terror.
¿Qué nos aguardaba más al fondo?
No un pasillo recto sin más, la estancia estaba formada por varios pasillos cruzados y también habían pequeñas puertas que sentía que no eran importantes abrir. Entonces recordé haber estado allí antes, en otro sueño. No sabía que por fuera hubiese sido una catedral, pero en aquél interior había estado en otro sueño. De eso estaba seguro y, se lo comuniqué a Iván. Entonces nos encontramos con una zona bastante iluminada de luz verde que nos mostró un gran telón rojo como el de los teatros, tapando un arco en la pared. No era lo suficientemente largo como para rozar el suelo y se podía ver por debajo lo que nos deparaba detrás: unas escaleras descendientes, que se perdían en la penumbra.
"He estado ahí abajo": susurré y recordé la pesadilla que había tenido algún día, aquella en la que había tenido la oportunidad de explorar aquél horrible lugar. Se trataba de un laberinto de pasillos estrechos y oscuros, algunos iluminados por focos de mortecina luz rojiza, custodiados por unos demonios que nunca había visto. Sin duda sabía que en aquél laberinto moraban terribles demonios, en mi última visita a ese lugar había escuchado sus horribles gritos y presenciado su presencia.
Se lo dije a Iván y me miró con confianza. No llegamos a correr el telón y descender, y es cierto que el terror se apoderó de nosotros, pero no retrocedimos ni un solo paso y supuse que en aquél sueño no debía temer. Pues no estaba sólo esta vez.
Desperté con una extraña sensación.


Como dije antes, tuve un sueño antes en el mismo lugar. En el lugar que había detrás del telón, en este iba con mi amigo Iván y no crucé el telón pero al permanecer ante él miles de recuerdos de mi otro sueño (o pesadilla) volvieron a mí. En aquella pesadilla había descendido YO solo al laberinto, me había subido en un pequeño carrusel de feria y me había perdido por los pasillos del laberinto mientras escuchaba los gruñidos de los demonios e intentaba salir a alguna parte.
¿Por qué ahora visitamos Iván y yo un lugar que había aparecido ya en otra pesadilla mía? ¿Por qué entramos precisamente a la catedral de la pintura del caníbal? ¿Por qué habían telas, cable, focos y un telón en aquél lugar? De lo que estoy seguro es que toda esta simbología de catedrales en el aire, lienzos "canibalistas", laberintos demoníacos y telones cubriéndome.  quiere decir muchas cosas de mi ser y del de Iván.
Él no sé, pero es cierto que yo vivo detrás de un telón, en la oscuridad, oculto de las dificultades que hay al otro lado, todos los caminos que me quedan por escoger y todos esos demonios hambrientos de mi desdicha y derrota.

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