Subía un puente con mi amiga de la infancia cuando veo entre los olivos cercanos una escoba barriendo sola, sin que nadie la sujetara del mango. La tierra asciende en forma de garabato humeante y suena el chirrido continuo de las partículas de arenilla. Mi amiga se escandaliza y escapa de una rama que cobra vida y quiere clavársele, girando ferozmente sobre sí misma en el aire. Quiero ayudarla, pero otra escoba viene dando vueltas de campana por el suelo, alzando tras de sí una columna de arena. Esquivo el escobazo de un salto y veo que mi amiga sigue huyendo de aquella malvada garra de la naturaleza. Las escobas levantan más y más tierra para cegarme e intentar acabar conmigo en una cruel paliza. Salto a la cama con ella. La cama sale a un lugar claro, tan iluminado que deslumbra y huimos y huimos de la pesadilla de los objetos animados.
YO yazco tumbado en el lado izquierdo de la cama, mi lado favorito para todas las cosas. Ella se queja de estar en el derecho y vemos que estamos en la habitación de un amigo de la infancia del que ya no sé nada más que está en uno de esos pozos del recuerdo.
Estamos en la habitación de él. Lo sabemos y debemos salir de allí por algún motivo, quizás, simplemente porque aquella no es nuestra propiedad.

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